Suplementación: cuándo tiene sentido, y cuándo no

La suplementación se ha convertido en un atajo atractivo para quienes entrenan y buscan resultados rápidos. Batidos, cápsulas y polvos prometen mejorar el rendimiento y acelerar el progreso, pero rara vez se explica cuándo realmente aportan valor y cuándo son innecesarios.

El error más habitual es usar suplementos para compensar lo que falta en la base. Una alimentación desordenada, horarios irregulares o entrenamientos sin estructura no se corrigen con un bote. En esos casos, la suplementación no solo no ayuda, sino que genera falsas expectativas y frustración.

Cuando no existe un sistema claro, los suplementos se usan por impulso: se prueban productos nuevos cada pocas semanas, se cambian dosis sin criterio y no se evalúa su efecto real. Suplementar así no es peligroso en la mayoría de los casos, pero sí ineficaz.

Tiene sentido suplementar cuando lo esencial ya está cubierto. Una nutrición equilibrada, un entrenamiento bien planificado y un descanso adecuado crean el contexto donde ciertos suplementos pueden marcar pequeñas diferencias. En ese punto, ayudan a optimizar, no a sustituir.

El cuerpo responde primero a los hábitos, no a los añadidos. La suplementación es una herramienta, no una solución. Funciona cuando se integra dentro de un proceso coherente y deja de tener sentido cuando se usa como parche. Progresar no depende de tomar más cosas, sino de hacer bien lo importante.

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